El salto de Mesopotamia a Egipto supuso la consolidación del consumo de la cerveza, ya que era una bebida muy popular durante la primera dinastía Egipcia (3315 – 3100 AC) era muy apreciada por los faraones y sus élites, pero también era consumida de manera abundante por los constructores de pirámides, a estos últimos les proporcionaba la energía, minerales y vitaminas que les permitían realizar grandes esfuerzos físicos requeridos para la construcción de tales monumentos funerarios. En esta época, la cerveza era elaborada por los sacerdotes y mujeres del imperio egipcio y era considerado como un regalo de Osiris.

El hallazgo en Hierakonpolis vasijas que contenían Nekhen-Hoffman (el nombre que recibía la cerveza), certificado mediante estudios científicos, evidencia que el comercio había activado una red de consumo local importante.

Egipto con su vocación comercial que iba desde el Valle del Nilo a Próximo Oriente y la ribera del Mediterráneo lo difundió por el Mare Nostrum, gravando su venta mediante impuestos. Ellos también fueron los encargados de aromatizar su “zythum” aportando color y sabor.

Del periodo egipcio hay documentación en jeroglíficos de papiro y objetos tallados en madera, en los que se muestra el proceso de elaboración a partir de la fermentación de dátiles, granadas y otras hierbas. Este material, además de sedimentos de la fermentación en jarras ha sido importante para la datación de la fermentación del trigo y la cebada en el Antiguo Egipto ya en la época pre-dinástica. Los egipcios fueron quienes extendieron el consumo de cerveza para los países aledaños, sobre todo por la cuenca mediterránea.

La cerveza en el Antiguo Egipto no era tal y como la conocemos hoy en día; su composición no era 100% cebada, tenía distintos ingredientes según el tipo de cerveza. 

Por lo general, estaba compuesta en gran parte por espelta (una variedad de trigo importado posiblemente de Palestina, Chipre o Turquía, ya que la cebada era mucho más cara) y luego existía cierta variedad de cervezas. La cerveza «corriente» solía ser espesa, turbia y de color rojizo, mientras que otras variedades como la cerveza para ofrendas a los dioses, la cerveza dulce o la salada, tenían otra composición. La cerveza dulce, por ejemplo, adquiría ese sabor al añadir dátiles o miel, ya que los antiguos egipcios desconocían la caña de azúcar y el azúcar de remolacha. Otro dato curioso es que esta cerveza «corriente» en ocasiones era tan espesa que no se bebía, se comía. Se podía filtrar y beberse después o tomarse con una pajita.

Según un papiro del alquimista Zósimo de Panópolis, este era el proceso de elaboración que todos los cerveceros debían seguir…

Los granos germinados de cebada y espelta se trituran en un mortero, y con su harina se logra una pasta que se endurece con los pies en una cuba. Con esta masa se hacen los panes de cerveza, que se hornean, quedando algo húmedos en el interior. Una vez fríos, se parten e introducen en jarras con agua endulzada. Tras la adición de levadura, y terminada la fermentación, se trasiega a una cuba, diluyéndose y tamizándose varias veces la masa estrujada. El líquido final se guarda y se almacena en cuevas frescas.

Este método debía seguirse a rajatabla en todos los nomos (provincias), y el nomo (gobernador de provincia) era el responsable ante el faraón de que así fuese. Una vez elaborada, se procedía a sellar el recipiente con arcilla cocida para evitar mezclas y, a modo de lo que hoy conocemos como «denominación de origen», se inscribía un jeroglífico en la tapa de dicho recipiente para certificar la calidad y procedencia de la cerveza.